sábado, 20 de febrero de 2010

Un tejido que hace redes para defender La Primavera


 Por Luciana Peker
amanda asijak no se llamaba amanda cuando nació. pero casi muere. y eso lo cambió todo. hasta su nombre. a los seis meses, el médico que la curó (de una enfermedad que no recuerda porque morir y enfermar es parte de la vida en la formosa profunda que ella habita), la rebautizó amanda. “mi papá (emiliano) me contó que casi fallecia. me llamaba domiciana, pero el médico de clorinda que me salvó me puso amanda”, relata ella, que ya desde el nombre fue nombrada por otros. amanda aprendió a leer y a escribir, pero en quinto grado dejó la escuela porque no tenía lapices para escribir las palabras. no había tinta para escribir, ni palabras para nombrar. sí, algodón para cosechar, desde los diez años. como si no fuera niña, como si el trabajo y las espinas fueran parte natural de la vida. una vida que ahora pide más. ella vive en la comunidad la primavera, de formosa, donde nacieron ella y su madre y desde que los tobas ya no son nómades se quedaron ahí, en esa tierra con río, monos aulladores y árboles de palma con los que ella sabe tejer canastas, costureros y hamacas.
la comunidad tiene un territorio designado desde 1985 por el gobierno provincial (de 5187 hectáreas) para los pueblos originarios, pero que todavía disputa tierras con una familia criolla (que donó tierras al estado para construir un instituto universitario que ahora también puja con ellos y ellas) e incluso una parte de una laguna (fundamental par la pezca de la que viven o comen que es como vivir) con una zona perteneciente a parques nacionales.
“por eso a mi esposo le gusta tomar yerba amanda”, dice amanda, ahora, apropiándose de su nombre y hablando ella, en vez de su esposo, félix díaz, al que conoce desde los 13 años y se juntó a los 15, representante de la comunidad y una de las voces de los pueblos originarios más fuertes y claras. amanda habla bajito, pero habla. y su voz se convierte en grito, en tejido, en una de esas canastas que le llevan dos días enteros de trabajo (sin limpiar, sin cocinar, sin lavar, sin hacer nada de la casa, aclara ella, que si tiene que ocuparse de todo su adentro, tarda más en trabajar) y puede vender a apenas veinte pesos.
ella vino a buenos aires para conversar con las/12 y autoridades del instituto contra la discriminación, la xenofobia y el racismo (inadi), entre otros organismos, para que su voz salga. no sea sólo la que sostiene las ollas de las asambleas con la venta de su tejido, la que les pone el cuerpo a los partos y hamaca a los niños y niñas que trepan por los árboles y son llevados a upa más de cien cuadras en su espalda para llegar a un hospital, para no ser la que calla y lleva su cuerpo a defender su tierra, sino también la que habla. la que no alza la voz para atropellar, sino para escuchar y para tejer redes, redes como los mosquiteros que los protegen del dengue en un territorio donde las canillas son un invento que todavía no llegó y el agua se junta en tachos que esperan la lluvia (y son tan peligrosos para que los mosquitos se reproduzcan) pero que son tan inevitables como el hambre o la sed. por eso, esperan el rocío para tejer y juntan la leña para cocinar. la junta ella sobre su cabeza, que ahora reposa y deja que sus pensamientos, su mundo salga, por esa voz que se enoja, que dice la palabra bronca cuando habla de los cincuenta muertos en la comunidad (de alrededor de 4 mil personas y 800 familias), sólo en el 2009, por enfermedades tan evitables como el chagas o la tuberculosis.
y se ríe, se tapa la boca y se ríe, cuando disfruta. cuando siente que su cuerpo no es sólo para cargar, sino cuando disfruta de tejer un sauce que la ampara en una ciudad a la que viene a contar lo que no se sabe de su comunidad atropellada. y ella quiere defenderse, sin dejar de tejer, sin teñir su pelo, entretejido por las canas y su historia, en donde su nombre, cambia, pero ella está orgullosa de ser toba, de ser domiciana, de ser amanda, de ser una mujer qom que, ahora, habla. en su lengua, o en la otra (el castellano). y es escuchada.

Tejer

“nosotros somos aborigenes, queremos a los chicos”, valoriza, a sus 44 años, acostumbrada a criar con su mamá helena cabrera, de 75 años, mientras hace costureros con forma de tatú y bolsas con forma de tortuga, en hojas de palma. y dice que, desde los cuatro años, en la comunidad mandan a los chicos a la escuela. aunque aparece un nuevo freno para que sus nietos/as aprendan. “pero ahora hay mucha policía en el camino”, dice, asustada, sabiendo que la asustan y que el susto les quita derechos a ella, a los otros, a las otras, y a sus hijos, que son todos los chicos de la primavera. “nosotros le damos el pecho a los seis meses, no le damos arroz, ni comida. y no dormimos con nuestro marido hasta que son grandes, tienen tres años. nuestro marido tiene su propia cama y no tocan a las mujeres”, relata. “mi abuela y mi abuelo me contaban que cuando nacen los hijos hay que cuidarlos y el marido tiene que tener su propia camita. tampoco hay que tocar nada que tiene grasa. no hay que comer grasa para dar a luz, sino arroz blanco o harinas que cocinamos en las cenizas”, se agarra las manos, también las teje, también las mueve, como ella está acostumbrada a moverse, a estar parada, a buscar leña, a amamantar y a hamacar como su propia vida las vidas que dan.
lo cuenta con sus labios gruesos acostumbrados al silencio y despegados de la idea de que no tienen nada que contar. amanda cuenta, contesta, conversa. teje una nueva forma de la historia, de entender que la argentina –su territorio, su tierra, su gente– tiene más de doscientos años. amanda es parte de una historia ancestral. y está al frente de una lucha actual. ella es el manual no escrito del pueblo toba, el tejido de las mujeres que afianza la vida, pero que a veces, muchas, se desvaloriza o invisibiliza, a pesar que ella –en el nombre de muchas– pone el cuerpo. y, ahora, también, la voz, para que la primavera (qom navogoh, la flor del ceibo, en toba) siga floreciendo y dando palmas e hijos. de pie.

Hamacar

mi mamá me decía: “no te sientes en la silla, no vayas a usar la mesa, para que el bebé se coloque, y come sólo un plato”. por eso, nosotras no tenemos cesáreas –reivindica de su maternidad a los 16 años, de eduardo, el hijo que le dio tres nietas: edgardo (10), maría luján (7) y eliana roxana (5)–. amanda también tiene otros hijos/as que viven con ella: abelardo (18), rolando (16) y jorgelina (13). “los tres viven conmigo”, dice, cuenta, disfruta. pero hay otros hijos que amanda perdió como algunos naturalizan que ser originaria sea perder en la vida. “perdí dos hijos”, describe. “andrea tenía tres años y falleció de neumonía hace muchos años. era mi segunda hija. yo me fui caminando hasta laguna blanca (que son 10 kilómetros) porque no tenemos ni bici, ni plata, ni nada. yo llevaba a mi hija a upa y cuando llegue al hospital estuvo internada. ‘ya no tiene más remedio, señora’, me dijo el médico. después, nació raúl, que tenía un mes, y había nacido con dos dientecitos. mi mamá me dijo que no se los sacara porque iba a perder al bebé, pero el doctor no me hizo caso. le sacaron el diente al bebé y yo creo que murió por eso, porque mi mamá me dijo y yo le vi la sangre en la boquita, perdió mucha sangre”, susurra un sufrimiento que lleva encima como a sus hijos.
–¿los médicos te escuchaban?
–no, yo le dije un montón de cosas al doctor, pero él no me escuchaba. yo le dije que no le saquen el diente y él me dijo “no, pero van a lastimar tu teta”, así me dijo el doctor. y eso no es cierto.
–¿te molesta que los médicos subestimen la cultura toba?
–sí, me molesta, hasta ahora me molesta. en laguna blanca hay un hospital moderno, pero nunca nos reciben. no quieren ayudar a los aborigenes. nosotros vamos a una escuela –308– a donde va un médico, pero a veces no tiene nada. en naineck, un pueblo cercano, hay otro hospital, pero ahí sólo te dan recetas, pero sí no tenés plata sólo te quedás mirando tu receta.
–¿cómo fueron tus partos?
–me ayudaba mi abuela –juana nakaria–, que me tocaba, me acariciaba las piernas y cuando tenía dolor me decía que me levante y camine. ella era partera, igual que mi mamá. las dos saben acomodar al bebé para que nazca en buena posición. y te dicen que no te quedes sentada en el embarazo para que el bebé se pueda acomodar. eso me lo enseñaron desde los diez años.
“y dígale a tu marido que no acerque más”, cuenta que le decían y se ríe. “esas son nuestras costumbres”, explica. porque entre ellas se saben explicar: “cualquier mujer que quiera aprender puede estar en el parto”, cuenta. ellas no empujan al bebé, sólo te acarician y te dan un solo mate para que pueda nacer.
–¿te dolían los partos?
–no, porque me daban un yuyito, que se llama florcita, se frota en la cintura a la mañanita y se prepara con el agua del rocío, por eso hay que levantarse temprano.
–¿el machismo existe dentro de la comunidad?
–sí, félix es buenito, pero hay hombres que les pegan a las mujeres. el quiere que yo participe más y otros también. aunque muchos quieren que las mujeres se queden en la casa cuidando a su familia. pero las mujeres quieren participar.

Luchar

–¿tu familia siempre reivindicó la cultura toba o estaba la presión por argentinizarse?
–no, nosotros nunca olvidamos nuestras raíces, hasta ahora.
–¿cuál es la comida tradicional toba?
–lo que sea, lo que viene, pirañas, si hay pesca, lo que haya. nosotros como aborigenes no tenemos receta, ni sabemos qué nos gusta. y a veces nosotros no comemos nada al día.
–¿y eso te da bronca?
–sí, me da bronca –dice y, por primera vez, llora–. me duele. hay un vecino que está solo y a veces les da de comer a sus hijos. su esposa murió de tuberculosis y él atiende a sus seis hijos.
–¿por qué luchan por la tierra?
–mi abuelo y mi papá y los ancianos me contaron que los primeros que estuvieron en la primavera fueron los aborígenes, no los criollos. el lugar se llamaba de otra manera en honor a un toba que cazó un oso hormiguero, pero ahora se llama la primavera, porque tenemos muchos ceibos que florecen en primavera. en el 2000 empezó a luchar mi marido y yo siempre lo ayudé: le preparaba la comida, el bolso, la ropa. y cuando él habla “mañana vamos a tener asamblea” siempre estoy ayudando. lo que pasa es que cecilio celía dice que la tierra es de ellos, pero un anciano me contó que el papá de cecilio viene de paraguay y le preguntó si se podía quedar dos años y como los aborigenes son tan buenos le dijeron que sí. y ahora dice que las tierras son suyas.
–a félix lo acusan de ser violento y de usar machetes...
–nosotros, porque yo estoy en la lucha, nunca usamos machetes, hachas, ni nada. y la policía, cuando viene, tiene armas y nosotros nada. si ellos disparan a un aborigen no sé qué pasa, si nosotros no tenemos arma. a mi tío anastasio, después de una asamblea, lo mataron. el quería mariscar (buscar avestruces) y lo atropelló una camioneta. nosotros siempre respetamos a los criollos y ellos nunca nos respetan. queremos ir a buscar trabajo o ir a vender artesanías, pero la policía no nos deja. por eso ahora ya no hay venta.
–¿de qué trabajan?
–antes había cosecha de algodón, pero ahora no. y el gobierno no les da trabajo a los pobres. y el cacique actual, que no escucha a su pueblo, ni respeta a la colonia, le gusta alquilar la tierra y le da espacio al sojero que está en medio de la colonia y eso les hace mal a los chicos, ancianos y ancianas. nosotros no podemos sacar al cacique. pero ahora él está solo. y la gente se está organizando por la tierra. además, hay muchos hermanos que saben hacer ladrillos y trabajar la tierra. por eso, a félix no le gustan los planes. nosotros queremos plantar maíz, porotos, mandioca y batata y vender eso. lo que pasa es que necesitamos tractores y semillas y ahora no tenemos ninguna herramienta para hacer una chacra. pero no nos ayudan.
–¿cuáles son sus reclamos?
–agua potable, porque si no tenemos agua no podemos vivir. igualmente, si no luchamos en el monte por la tierra: ¿cómo podemos vivir? a veces yo pienso, no quiero ver sufridos a mis nietos, como nosotros sufrimos. los chicos están creciendo y ya no tienen más lugar. por eso reclamamos la tierra. el hermano de félix, guillermo díaz, vive en una zona en la que está hace años y tenía plantación de mango, pomelo, naranja, pero, ahora, los criollos lo quieren sacar. por eso, nosotros nos mudamos cerca porque esa tierra es de los aborígenes, no de la familia celía.

Hermanas

el lugar es hermoso, pero la policía no es hermosa, dice, simple, dice. amanda. de pie. tejiendo. con la voz sencilla, clara, fuerte, dulce. dice. y su voz es un eco que se escucha como si viniera de lejos, desde siempre. dice. y su voz es un grito. “nosotras, las mujeres, salimos a vender algo cuando hay asamblea. las hermanas están siempre cerca mío y ponemos toda para la reunión, cocinamos algo y queremos que cada vez se nos escuche más, cuando venía para acá una hermana me pidió que alguien nos ayude a conocer los derechos de las mujeres, ellas se están preparando para levantarse como mujeres. nosotras también tenemos derecho de hablar, no sólo los hombres. hay muchos hombres que no les gusta que las mujeres hablen. pero nosotras somos madres y criamos a los hombres. también tenemos derecho a que nos escuchen.”

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